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23 de diciembre de 2011

NO SE ME VA DE LA CABEZA



Anteayer leía en El País un titular que hablaba de doscientos nuevos muertos en Siria y no me lo puedo quitar de la cabeza.  Comprendo que no son estas fechas para hacer de cuervo agorero. Estamos en Navidad  y, por tanto, obligados a ser felices y a desear la misma felicidad a los demás, y a hacernos regalos y a comer lo suficiente para ponernos muy malos y para alimentar a veinte somalíes con las sobras de cada uno de nosotros. No quiero hacer de aguafiestas pero es que no puedo cerrar los ojos y dar la espalda a tanta barbarie.

A principios de marzo de este 2011 que se nos va de las manos, me encontraba en Aleppo, ciudad del norte de Siria con cerca de cuatro millones de habitantes. La misma ciudad que fue martirio de los ejércitos cruzados que por dos veces intentaron  tomarla y en ambas ocasiones fracasaron. La misma ciudad de la que Saladino hizo una fortaleza inexpugnable desde la que, junto con Damasco,  expulsar de una vez por todas a los bárbaros ejércitos occidentales del Próximo Oriente. No, no lo he dicho sin querer; acabo de llamar bárbaros a unos ejércitos que por mucha cruz que llevasen cosida en sus sobrevestes, al grito de “Dios lo quiere” cometieron auténticas atrocidades con la población musulmana, judía o cristiana no católica indistintamente.

Estuve visitando junto con mis compañeros la impresionante ciudadela-fortaleza de Aleppo; una maravilla arquitectónica en la que encontramos desde trazas romanas hasta baños y palacios turcos. Era viernes, el día festivo para el Islam y había gran cantidad de visitantes. Los que más me llamaron la atención fueron los múltiples grupos de escolares, niños con edad de estar en nuestra enseñanza Primaria, acompañados de sus maestras, jóvenes sirias de ojos de gacela (así las describen sus poetas). Niños bullangueros, corretones, escandalosos y risueños, como todos los niños del mundo, a los que les divertía pedirnos que les hiciésemos fotos. El turismo occidental no es común en Siria, de ahí que les llamásemos la atención. Y les hice las fotos, como jugando con ellos.

Nunca pensé que esas imágenes así tomadas, en vez de acabar borradas, terminarían como un peso en mi conciencia. A la semana de volver a mi casa comenzó en Siria la masacre perpetrada por un gobierno contra su pueblo. Soy consciente de que todo esto ya lo he contado en “El niño de Apamea” y me puedo estar haciendo pesado como un viejo que repite una y otra vez sus historietas. Sé que la Navidad no son fechas para andar molestando con nada que no iluminen nuestras cursis luces callejeras. Todo eso lo sé. Pero leo los titulares de los periódicos, veo de nuevo las fotos de esos niños sonrientes y no me los puedo quitar de la cabeza.

Foto: niños de Aleppo (Siria). Tomada por el autor en marzo de 2011.
Libro recomendado: Las Cruzadas vistas por los árabes, de Amin Maaluf