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11 de noviembre de 2011

EL NIÑO DE APAMEA



Siria y los sirios están siendo machacados ante la indiferencia general del mundo. La política internacional es sucia y esencialmente hipócrita. Mientras que Libia y Afganistán -no hablemos de Iraq- han sido arrasados en nombre de unos supuestos valores democráticos, el dictador sirio, de momento, está saliendo de rositas con algún tironcillo de orejas como mucho. ¿Por qué? Porque no es no es enemigo de occidente, sólo de su propio pueblo. Controla la influencia de Irán, maneja los hilos del Líbano y sirve de contrapeso a las aspiraciones anexionistas de Israel. Además su petróleo es pastoso y escaso. Los miles de muertos de Hamah, Hims y otras ciudades es cuestión simplemente de no contarlos. Para eso está la gran prensa, para discernir cuáles son los muertos-muertos de primera página y cuáles muertecillos de tres al cuarto que no sirven para contratar publicidad.

Pero yo no puedo olvidarme del niño de Apamea.

Apamea fue una ciudad situada a orillas del río Orontes, al norte de la Siria actual, a unos 50 kilómetros de Hamah, una de las ciudades más castigadas por el ejército y los sicarios del dictador. La fundó Seleuco I, uno de los compañeros y generales (diadocos) del gran Alejandro que se repartieron el imperio cuando el macedonio murió en Babilonia por causas que la Historia tiene poco claras. Su máximo explendor lo vivió la ciudad con Roma y llegó a ser tan importante como Antioquía. En Apamea estaban los cuarteles generales de las legiones que controlaban Oriente hasta la frontera con los partos. Todavía hoy se pueden ver los restos de las gigantescas cuadras de los elefantes (los blindados de la época) que allí tenían su base y centro de entrenamiento. Para darnos una idea del tamaño de la ciudad demos el dato de que su cardo máximo -la calle principal al estilo de las Avenidas del Generalímo de infausto recuerdo en nuestras ciudades hasta hace no mucho tiempo- medía más de dos kilómetros. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente pasó a ser ciudad bizantina, entrando en decadencia con el Islam hasta desaparecer, quedando como recuerdo el conjunto de ruinas, muy bien restauradas por cierto, que hasta hace poco tiempo se podían visitar.

No hace un año que estuvimos en Apamea.  Éramos un grupo de  profesores asombrados por la magnificencia de unos restos arquitectónicos de los que teníamos poca o ninguna idea de su existencia antes de comenzar el viaje. En todas las paradas de nuestro periplo sirio, en cuanto bajábamos del autobús nos rodeaba en enjambre de gente que nos quería vender cosas igual que sucedía en todos los pueblos costeros de nuestra España en los años sesenta y setenta (y más) Pero en Apamea nos llamó la atención un chavalín pequeño, yo qué sé, unos siete años mal cumplidos, gracioso como pocos, empeñado en vendernos unas postales de brillantes colorines resobadas por sus no muy limpias manitas. Nos iba acompañando a lo largo de nuestro paseo por el cardo sin perder la sonrisa y consiguiendo que,  más por él mismo que otra cosa, le fuésemos comprando sus baratijas. Mientras, en paralelo sin perderle de vista, le seguía un adulto, supongo que el padre, caballero en una cochambrosa moto, que en cuanto el pequeño conseguía unas perras se le acercaba para cogérselas. En los países ricos a eso le llamamos explotación infantil; en los pobres, necesidad.

La última imagen que guardo del niño es parado haciéndonos adiós con la mano según nos alejaba el autobús para continuar viaje. Su cara irradiaba felicidad; había vendido toda su humilde mercancía. Dos semanas después comenzaba la masacre.

Cuando hoy, desde la comodidad de mi sillón, leo noticias  escondidas en cualquier esquina del periódico sobre miles de muertos en las desgarradas tierras sirias, no puedo olvidarme del niño de Apamea.

Foto: vista parcial del cardo máximo de Apamea

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