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17 de octubre de 2012

UN MENHIR


Reflexionábamos el otro día sobre el sencillo placer de pasear reposadamente por el museo de nuestro lugar en alguno de esos tiempos muertos que, si los buscamos, siempre encontraremos entre la balumba cotidiana.

En esa actividad me encontraba cuando en un coqueto jardincillo del jardín del Museo de mi ciudad me sorprendió la figura que les muestro. Un monolito de granito, de la talla de una persona más o menos, con una escueta leyenda informativa al pie que nos cuenta que se trata de una estatua-menhir del 1500 a.C., en plena Edad del Bronce. Fue hallado en Valdefuentes de Sangusin, un pueblecito de la comarca de la Sierra de Béjar, en Salamanca.

Hasta ahí llegaban los datos sobre el monolito. Pero no fueron éstos lo que me llamó la atención, sino la simple belleza de la escultura, porque para mí de escultura se trata. Veo en ella una figura humana estilizada, de purísimas líneas de una sencillez esplendorosa. Los rasgos están simplemente apuntados: aquí la cabeza, debajo brazos y músculos del pecho y finalmente una levísima insinuación de sexo y piernas. Todo ello haciendo gala de una contradictoria inocencia primitiva frente (o junto) a un complejo proceso de abstracción de, a mi parecer, gran profundidad intelectual. Me admira cómo, tras el trabajo, es de suponer que arduo, de modelación del bloque granítico para darle forma, con unos simples golpes de cincel el artista es capaz de hacer emerger el concepto del cuerpo humano con una descripción mínima.

Podría enredarme en una disquisición sobre la modernidad o no de la abstracción en el arte, pero ni mis conocimientos sobre el tema ni mi pereza intelectual me dan cancha para ello. Solamente les invito a disfrutar de la inocente belleza que nos dejó como legado un habitante de las ásperas sierras centrales de hace más de 3.500 años.

Foto tomada por el autor en el Museo de Salamanca.



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