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14 de junio de 2012

EL BUEN PASTOR IBERO


“En verdad, en verdad os digo…” Así empezaban muchas de las parábolas de Cristo en sus predicaciones según nos cuentan los Evangelios. Luego venía el cuentecillo con que Jesús quería ejemplificar alguna de las bases de su doctrina.
Siempre he pensado que entre la mala acústica de los lugares elegidos para predicar como lagos o montañas – a toda una generación se nos quedó grabada la imagen del sermón de la montaña en versión Monty Python- y lo poco claritas que son muchas de las parábolas, la mitad del personal, judíos analfabetos, se quedaba sin enterarse de la misa la mitad y nunca mejor dicho.

La parábola a la que me quiero referir hoy no es de las más enrevesadas. Es la del Buen Pastor, aquél que cuidando las ovejas, las abandona todas por ir a buscar una que se ha descarriado, relato que identifica al Cristo-Dios en su amor y misericordia por los pecadores. Hasta ahí todo bien si no fuese porque es una imagen que huele a copia pura y dura de una iconografía que viene de mucho más antiguo que la existencia de Jesús de Nazareth. Ya nos hemos referido en otras ocasiones a la habilidad que tuvo la Iglesia de los primeros siglos de fagocitar creencias anteriores a ella o superponerse al paganismo con una traducción más o menos libre de las propias creencias paganas, sus lugares de culto, sus ritos e imágenes. Uno de los ejemplos más evidentes es este tema del buen pastor. Fijémonos en las dos imágenes siguientes.

La primera es una escultura griega del periodo arcaico o preclásico (hacia el s. VI a. C.) Se le conoce como el Moscóforo y representa a un kurós (varón joven) con una oveja al hombro. La escultura se considera un exvoto , una ofrenda dedicada por un tal Rhombos a la diosa Palas Athenea, protectora de Atenas.


La segunda es una representación de Cristo, el Buen Pastor, escultura de los primeros tiempos del cristianismo cuando aún se le representaba como un jovencito imberbe a la moda romana para marcar diferencias con los hirsutos judíos.  Una diferencia de nueve o diez siglos separan a la una de la otra. La más antigua es un objeto iconográfico de la religión olímpica; la más moderna, es cristiana. Y son exactamente iguales.

Pero este tema me dio una sorpresa, agradable sorpresa, en un viaje a Jaén, capital del Santo Reino.  Una de las joyas que guarda la ciudad son las escultura que llamamos “Los guerreros de Porcuna” halladas en una tumba ibera del siglo V a. de C. No me extiendo sobre ellas porque ya las comenté en otro artículo de este blog. 

Cuál no sería mi pasmo cuando me encuentro, en un territorio situado en la otra punta del Mediterráneo, en zona de la cultura que llamamos ibera, una escultura que también representa  a un pastor que lleva, en este acaso apoyado en la cadera, un cordero o una cabra. ¿Un Buen Pastor ibero? No, un Moscóforo ibero. En el siglo V precristiano la influencia de las culturas griegas y orientales en el territorio levantino y andaluz son muy fuertes gracias al comercio. Es el momento en que Iberia, posterior Hispania, se está incorporando al mundo Mediterráneo e imita en su arte las formas griegas y fenicias.

Que digo yo que menos mal que hace mil seiscientos años no existía la SGAE o la Ley Sinde que si no veríamos al Vaticano rascándose los bolsillos de sus magníficas sotanas para pagar los derechos de autor so pena de ser acusado de piratería.

Tengan ustedes un buen día, que ya se van acercando las vacaciones.

Fotos de las esculturas iberas realizadas por el autor.