Select a language

25 de marzo de 2013

PRIMAVERA Y SEMANA SANTA



La Diosa Madre. Venus de Willendorf
Por fin ya es primavera. Reconozco que en estas tierras, quasi norteñas, se me ha hecho el invierno muy largo. Ver resucitar la tierra y a a todos los seres vivos que de ella vivimos creo que es el espectáculo más maravilloso que nos ofrece la naturaleza. No hay sangre, por muy de cosecha añeja que sea, que no se altere en el momento en que los días comienza a hacerse más largos que las noches.

Es por ello que desde tiempos inmemoriales, muy posiblemente desde que el homo sapiens es más o menos sapiens, en estas fechas siempre ha habido grandes festejos en honor de la vida. Imaginemos a nuestros antecesores paleolíticos quedándose asombrados ante la explosión de las plantas y el más que alegre retozar de los animales, desaparecidos en invierno, de los que depende su existencia; la misteriosísima maravilla de la preñez posterior de las hembras; el milagro de la reproducción en definitiva. No es de extrañar que el primer Ser Supremo que inventásemos los humanos fuese una Diosa Madre de magníficas redondeces allí donde debe haberlas. Tampoco es de extrañar que todas las fiestas de primavera, ya en tiempos históricos, tuviesen un fuerte componente sexual de iniciación, tanto para varones como para hembras. Para santificarlo ahí están todas las diosas y dioses del descoque que en la historia ha habido: Isis, Astarté, Isthar, Dionisos, Afrodita, Venus. Hasta el propio Zeus gustaba de disfrazarse de animalito para saltarse la valla bastante a menudo.

Ahora viene la pregunta lógica: ¿y qué ocurre a partir del cristianismo? Todos sabemos, aunque no nos expliquemos bien la razón, que tanto judaísmo como cristianismo sienten una especial fobia por los mal llamados placeres carnales. Pues bien; ya hemos hablado varias veces de la habilidad mimética que tuvo la iglesia cristiana para fagocitar y reconvertir todo lo que del paganismo no podía borrar. Así las fiestas primaverales las transforma, en la primera luna llena de primavera, en unos ritos de muerte y resurrección bajo el nombre de Semana Santa. Pero mucho cuidado, nada de despendole colectivo: son días de pasión –sólo religiosa-  y penitencia. Cambiamos la imagen de aquellas descocadas diosas y dioses un tanto golfos por la imagen de un hombre torturado y martirizado en un madero. Otra cosa es que el sabio pueblo sepa sacarle partido a la “bulla” de las procesiones. No hay quien se resista a esa luna y al olor a azahar. (Qué recuerdos).  

Lo que  ha resultado como más desvaído son las fiestas de iniciación sexual de los púberes. Nos ha quedado su recuerdo solamente en la cursilísima ceremonia de la primera comunión. Bien es verdad que a ellos les vestimos de almirantes cutres y a ellas de candorosas novias enanas y hasta se hace un banquete con langostinos congelados incluídos, pero sinceramente, frente a un fiestorro como el que se pegaban nuestros ancestros, esto no tiene color.
Aún así, FELIZ PRIMAVERA.

Foto: Venus de Willendorf, estatuílla paleolítica que representa a  la Diosa Madre.

2 comentarios:

Danae dijo...

¡Qué primaveras las del norte! Explosión de color.
De los ocho años que pasé en tierras navarras lo que más recuerdo es la primavera. De golpe el color. En todas partes. La tristeza del invierno, la tierra marchita, la escarcha, los días cortos y helados y, de repente, color. Una fiesta.
Recuerdo con mucho cariño un libro que me dejaste que sobre la madre tierra.

Anónimo dijo...

Tuve la suerte de verla en Madrid en una exposición monográfica en el Museo No Recuerdo. La primera vez que vi a la Venus fue en una fotografía de historia de un libro de la editorial SM en el cole. Cuando la vi de verdad me impresionó más. Por lo que significaba. De todas formas, como tengo una visión un tanto socarrona de la vida... ¿Te casarías con ella Daniel. Yo no. Imáginatela mosqueada y dando guantazos. A mi me desmontaría. Un abrazo hermano