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30 de noviembre de 2010

LA GIRALDA O EL PAÍS DEL D'EZO













Cádiz, salada claridad. Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga cantaora.
Almería, dorada.
Plateado, Jaén. Huelva, la orilla
de las tres carabelas.
                                                               Y Sevilla.

En esta coplilla don Manuel Machado, el hermano semiolvidado de don Antonio, nos define Sevilla: es indescriptible. Estos días que he estado ausente del blog, me encontraba en Sevilla. Allí, por los recovecos de sus calles, de las piedras de mil civilizaciones, de sus inmensos jardines en ínfimas balconadas, se me habían extraviado los trazos de una primera juventud como un “cendal flotante de leve bruma” como describió a su amada otro  inefable sevillano .  Pero no iba en busca de lo para siempre perdido; sólo quería reencontrarme con una ciudad que a pesar del maltrato de la modernidad, de expos universales agresivas y algo catetas, de un crecimiento desaforado, sigue siendo encantadora … y Sevilla.

Estaba esperando a un amigo dándome una vuelta por la Plaza del Triunfo, al pie de esa Giralda dos tercios almohade y un tercio, impuesto desde arriba, cristiana y renacentista. En su parte andalusí es  asombrosa la esbeltez de esa torre hecha en barro cocido, decorada con esos paños de sebka que parecen tapices, también en ladrillo, sus ventanas geminadas con un parteluz de mármol de belleza femenina, rematadas en arquitos polilobulados de factura exquisita. Es tal su perfección que sirvió de modelo (que no al revés) de todos los magníficos minaretes de las mezquitas del norte de África. Y su remate cristiano incluso aumenta la esbeltez estilizada de la torre. Forma una perfecta simbiosis; es un poema a la perfecta unión de dos culturas que son como son porque se desarrollaron juntas dándose lo mejor que tenían la una a la otra. No se puede entender España sin Al-Ándalus ni el Islam occidental sin la aportación de culturas y técnicas romanas, visigodas y más  que hizo Hispania al mundo musulmán. Sé que hoy los vientos de la estúpida violencia soplan desde otra esquina. Lástima.

Pero, como siempre, se me ha ido el santo al cielo; el cielo que en el remate de la torre es atravesado por la palma de la Fe (quiero pensar que cualquier fe) que porta en su mano una preciosa (y enorme)  escultura que hace de veleta girando a favor de los aires. De ahí su nombre popular, el “Giraldillo” que a su vez le da nombre a toda la torre: Giralda. Hace unos años se decidió restaurarlo dado su mal estado. Se le apeó de su altísimo pedestal y mientras estaba en la UCI se colocó una réplica exacta. Terminada la delicada tarea, el original se izó nuevamente al cielo sevillano y la réplica, creo que con buen criterio, se encuentra instalada en una del las portadas de la catedral permitiéndonos ver de cerca lo que siempre tuvimos que adivinar a lo lejos guiñando los ojos por la fuerza de la luz sevillana. En esas estaba –admirando el pseudogiraldillo- cuando se acerca una matrimonio y escucho el siguiente diálogo:
-Eso es lo que está ahí, arriba, en…. –dice él sin conseguir expresarse.-
Y ella, con cierta impaciencia le termina la frase:
-Sí, arriba en el d’ezo.
He oído llamarle a la Giralda muchas cosas: morena, gitana, mora… Pero jamás, jamás, un “d’ezo”.  Este país que me duele dentro, empieza a ser tan inculto que, por falta de vocabulario para nombrar lo que vemos, se está convirtiendo en el país del d’ezo  o del d’eso, que en todo el mapa autonómico se cuecen habas a cucharadas.


Fotos: el Giraldillo y el pseudogiraldillo


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